Milei ejecuta su narrativa: ¿podrá controlarla?

“Lo que hay que crear es una nueva realidad. El asunto no es ganar unas elecciones, de lo
que se trata es de construir un mundo”, con esa frase en el libro “El Mago del Kremlin” de
Giuliano Da Empoli, un empresario mediático buscaba seducir al director del Servicio
Federal de Seguridad (FSB, ex KGB) para transformarse en primer ministro ruso. Ese
hombre era Vladimir Putin.


Dicho postulado, bien podría valer para Milei desde el inicio de su campaña hasta hoy. El
libertario dibuja su propio mundo, que navega en las aguas de las pasiones, y busca crear
un cuadro que dice querer refundar el sistema caótico de la política argentina. El de la
política, mas no el del poder.


El presidente cabalga su gestión con la decisión comunicacional de no dar por terminada la
principal estrategia retórica que lo llevó hasta el Sillón de Rivadavia, el de la confrontación y
la movilización de los sentimientos. Con ritmo electoral, pero a tres meses de haber
asumido, desata sus habilidades discursivas y realiza una permanente apertura de
conflictos sin preocuparse por gestionarlos ni cerrarlos. Es una técnica deliberada para
diseñar y hacer comprender muy sintéticamente los atributos de su identidad por oposición:

“Yo soy todo aquello que se pelea con esto, esto, esto otro, y aquello”.
La construcción de un enemigo no es algo nuevo en la comunicación política. Es un estilo
frecuente desde que el mundo es mundo. Construir a medida del enunciador un enemigo
físico o simbólico para justificar y crear legitimidad sobre acciones o enunciados es algo que
se ha hecho siempre. Lo novedoso es la evolución “3.0” de esta mecánica. Que las peleas
sean muchas, prácticamente al mismo tiempo y de forma crónica. Es un modo de crear una
sensación ajustada a las necesidades de estos tiempos. Peleas cortas, “playitas” y
viralizables. Y ese modus da lugar a un interrogante que aparece más arriba de la mesa o
más abajo en todos los escritorios en los que se discute poder en este país, y es que si de
verdad este es un modo que se puede sostener con la escasísima gobernabilidad y
estrecho conocimiento de los resortes del Estado que tiene el actual mandatario, o el
presidente está llevando a los extremos una tormenta cultural y de valores que al final ni él
mismo podrá dominar.


En los think thanks de la comunicación política hay diferentes rubros y especialidades, pero
prácticamente todos se dividen por un parteaguas que es el de la comunicación electoral,
que tiene como función predominante la persuasión y/o seducción; y la comunicación de
gobierno, que tiene como principal función la construcción de consensos y legitimidad en
torno a las políticas llevadas adelante. Milei, una vez más, rompe los manuales y desdibuja
esas fronteras, para agudizar el uso de las recetas que lo depositaron en Casa Rosada. A
fuerza de reiteración de un mensaje que omite cualquier posibilidad de acuerdo, logra ser el
dueño del ring, la persona que marca la agenda y se adueña de la conversación pública. A
favor o en contra, todos hablan de lo que propone, dice o hace el presidente. Un “fighter” en
el medio del cuadrilátero, imposible de ser pasado por alto.


El ejemplo más claro lo vivimos en la Apertura de Sesiones Ordinarias del Congreso, el
presidente sostuvo su repertorio, con violencia marca un escenario catastrófico sobre el que
le toca gobernar, un paquete de medidas para “refundar el Estado” y un enemigo tan
señalado como amplio, “la casta”.

Estos ejes vertebran la fuerza del presidente y delimitan el encuadre del propio mundo que
él crea, que nos propone una nueva grieta, más profunda. Y por tal motivo, con más
riesgos. A medida que siga prendiendo la llama de la bronca y el odio, habilita un clima de
época de violencia que crea las condiciones que lo exponen a peligros más fuertes. Porque
cuando desde el poder usás la capacidad de tu palabra para “pintar un caos”, ese mismo
caos es el que puede definitivamente deborarte. ¿Sabe Milei lo que hace, o subestima lo
que implica gobernar un pueblo como el argentino a través del conflicto permanente,
mientras existe cada vez más hambre y menos tolerancia? La última encuesta de la
consultora Zubán y Córdoba, que reclutó 1500 casos entre el 7 y 9 de marzo muestra que el
69,8 por ciento de los argentinos perciben que su situación económica empeoró desde que
el presidente asumió el mando y que el 71,6% de la gente dice estar en desacuerdo con la
afirmación de que el ajuste “lo está pagando la política”.

Estos dos datos no son menores. Estamos, tal vez, frente al riesgo de que una enorme
mayoría de los argentinos asuman muy rápidamente que los dos principales contratos
electorales del actual gobierno ya fueron rotos por la gestión del presidente. Confirmar que
eso ya pasó es apresurarse, pero no percibir dicho peligro en el horizonte puede calificarse
como una mala praxis de cualquier persona con responsabilidades en toma de decisiones
en este país -sea cual fuere el rubro en el que se desempeñe privado o público-, máxime si
tiene obligaciones de representar a un pueblo que lo votó. Por eso, los actos de sensatez y
no subirse al clima de guerra constante no pueden ser tomados por “cobardes”, sino como
de racionalidad. Si la paz no viene de arriba hacia abajo, de todos modos, habrá que
intentar conseguirla de abajo hacia arriba, por más difícil que parezca. Todo dirigente, que
como indica la palabra, cumple con la función de dirigir gente debería apelar a bajar los
niveles de confrontación, incluso aunque los discursos de odio sean cada vez más
frecuentes desde diversos estamentos del poder. En las tormentas, se necesitan capitanes
con templanza, en condiciones de focalizarse en atravesar la tempestad. El resto,
entendiendo por el resto a diferencias de cualquier naturaleza con quien sea, se ve
después. Los costos de “jugar a cuánto peor mejor” pueden ser verdaderamente
irreparables, y se debe actuar con esa conciencia a cuestas.


No puede desconocerse, nos guste o no, que la argentina es una sociedad con capacidad
de organización y movilización para reclamar por sus condiciones de vida. Si a eso se le
suma el contexto socioeconómico y el clima de época de agresión legitimado por el propio
presidente, los factores que conforman un caldo de cultivo propicio para que escale un
conflicto social, ya son muchos. Conflicto del que se conoce el inicio pero no, cómo ni
cuándo termina. Y he aquí, el interrogante que da inicio a estas líneas y que no tiene
respuesta, y es por eso que la responsabilidad a la que está llamada la dirigencia es
mayúscula. No quedan dudas que Milei tiene capacidad para producir un relato, ejecutarlo y
sostenerlo, sin importarle las consecuencias. La pregunta que no puede contestarse es si
los elementos que le dan argumento a ese discurso, no serán los propios elementos que
sepulten las posibilidades políticas de su propio proyecto de poder, y en definitiva, el
proyecto de país. Porque la lógica que propone el presidente es la de un salto al vacío, un
salto al vacío en el que van de la mano él y el país, pero con un sólo paracaídas. Como dice
Calamaro, “mi vida fuimos a volar, con un sólo paracaídas, uno sólo va a quedar, volando a
la deriva”.

Quizás se puede ser prudente y pensar bien intencionadamente “si todo lo demás salió mal,
tal vez ahora pueda salir bien”. Sin embargo cuesta creer, incluso queriendo ser optimista,
cómo es que puede esta política distante y falta de sensibilidad sacar al país mejor de lo
que entró a esta crisis. Y no sólo en términos económicos, hablamos de la perspectiva
social y humana. Porque pobres e inflación hubo siempre. Pero pobres; inflación; un
presidente sin gobernabilidad; inexperto en el manejo de la cosa pública; con una receta
económica poco probada; dispuesto a agudizar todas las contradicciones y que haya dicho
públicamente que era necesario que “la economía estalle”, con los riesgos que eso supone,
no


No-
so-
tros

Ha-
ble-
mos